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Andrew Almazán, el joven médico que abrió su propia escuela para sobredotados

Recordar qué era lo que más anhelábamos a los dos años de edad no es algo común, pero Andrew Almazán Anaya parece encontrar bastante natural evocar el momento en el que pidió un globo terráqueo como regalo para su tercer cumpleaños.

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“Recuerdo que desde los dos años ya era muy inquieto y me preguntaba cosas como ¿por qué funcionan los aparatos? Quería saber sobre astronomía, sobre biología, preguntaba mucho sobre varios temas. Allí fue cuando me interesé por un globo terráqueo, un regalo muy atípico para un niño de dos años”, comenta el joven médico.

Desde la temprana infancia, sus padres tuvieron indicios de la sobredotación intelectual de Andrew, pero fue hasta los cuatro años —momento en que ingresó a la escuela— cuando se le hizo un diagnóstico formal. A esa edad Andrew Almazán ya sabía leer y escribir, lo que le trajo algunos problemas escolares; sus profesores pensaban que tenía un problema de desarrollo por buscar aprender de temas que no correspondían a su edad.

Al realizarle un diagnóstico psicopedagógico le dijeron que era un niño sobredotado, pero que también tenía trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), debido a este último diagnóstico, dijeron que debía ser sometido a un tratamiento para normalizar su comportamiento.

En la actualidad, gracias a los avances en las ciencias médicas, se sabe que este doble diagnóstico no es posible. Pero en 1999, cuando Andrew recibió los dos diagnósticos, le dijeron que debía recibir un tratamiento con medicamento para tratar el TDAH.

Afortunadamente, sus padres decidieron no medicar a su hijo y buscar la manera de estimular su sobrecapacidad intelectual con clases extraescolares. Este fue el inicio del camino que llevaría a Andrew Almazán a entrar a la licenciatura de medicina y a la de psicología a los 12 años, para seguir y convertirse en doctor en innovación educativa a la edad de 21 años.

Renuncia a la escuela regular

Después de haber sido diagnosticado como niño sobredotado, Andrew Almazán siguió en la escuela tradicional hasta los nueve años, cuando decidió dejar el sistema escolarizado por cuestiones emocionales.

“Decidí hacer el cambio, desde tres o cuatro años antes, pero no se había podido por la incertidumbre, era un poco de miedo de qué hacer. No sabíamos de la existencia del programa gubernamental que me permitiría estudiar en casa. El problema era que ya estaba sufriendo de bullyingAAA, incluso de los profesores, y mis padres prefirieron mi estabilidad emocional al avance académico”, detalla el joven médico.

Andrew explica que una acción que comenzó para resolver la angustia emocional que le traía la agresión ya no de compañeros sino de maestros, lo llevó a avanzar de una manera insospechada en el ámbito académico y estudiar a una velocidad más acorde con sus capacidades.

Andrew comenzó a estudiar en casa gracias a un sistema educativo piloto del gobierno, que permitía acreditar grado por grado —mediante la aplicación de exámenes— sin importar la edad de los estudiantes. Así, terminó la primaria a los 10 años.

Gracias al apoyo de su núcleo familiar comenzó a formarse en las especialidades de sus padres: medicina y filosofía. Por la profesión de médico de su padre, abarcaba el aspecto biológico, mientras que su madre, con su formación en filosofía, lo ayudaba a adentrarse en el ámbito de las ciencias sociales.

Además, contaron con el apoyo de amigos especialistas que lo orientaran en campos como las matemáticas, historia e idiomas.

La secundaria la terminó a los 11 años, y ya en la preparatoria tuvo una oferta del Colegio de Bachilleres para probar un modelo similar. Un sistema para cursar las 49 materias del bachillerato sin importar la velocidad con la que se aprobaban. Fue en esta etapa de sus estudios, que Andrew tomó la decisión de acelerar aún más su proceso académico.

“Decidí que quería entrar a la universidad en agosto de 2007, pero cuando me admitieron en la preparatoria era finales de mayo de 2007. Entonces, tuve que hacer la preparatoria en dos meses y medio. Sí se pudo, pero fue un momento complicado, de llegar al máximo de velocidad y de exigencia, de estudiar de 13 a 14 horas todos los días, pero bueno también me sirvió de entrenamiento para cuando llegué a estudiar medicina”, comenta.

Medicina a los 12 años

Al terminar la preparatoria, Andrew Almazán ingresó a estudiar medicina en la Universidad Panamericana (UP) y, al mismo tiempo, a estudiar la carrera de psicología en la Universidad del Valle de México (UVM). Esta orientación hacia el campo de las ciencias de la salud ya la había mostrado desde la infancia.

“En preescolar ya había decidido que quería ser médico. A los cuatro años pedí de cumpleaños abrir un corazón de res, porque quería saber cómo funcionaba en el aspecto biológico. Fue desde entonces que me interesó directamente el área de la medicina”.

Cursar dos carreras, a esa edad y al mismo tiempo, implicó romper varios paradigmas. Además, como una universidad no tenía la carrera de la otra, el desplazamiento se volvió complicado. Andrew comenta que la carrera de medicina era la que le tomaba más tiempo, por lo que pasaba desde las seis o siete de la mañana hasta las seis o siete de la tarde en la UP, y terminando se iba a la UVM para cursar de ocho a once de la noche sus clases de psicología.

Compañeros mayores

“Por fortuna tuve mucho apoyo de ambas universidades para que la interacción con mis compañeros fuera paulatina, al principio tenía tanto clases tutoriales, solo el profesor y yo, como clases con compañeros, eso fue haciendo la transición más simple”, recuerda Andrew Almazán.

También comenta que después de uno o dos años se fue integrando más con sus compañeros, y en medicina, después de tres años, se integró por completo con los otros estudiantes para asistir a las clases prácticas a los hospitales.

Un niño en los hospitales

El joven médico comenzó a asistir a los hospitales desde los 13 años, un año después de entrar a la licenciatura. Al comenzar sus prácticas en urgencias, área donde se ven los casos más impactantes, llegar a las otras especialidades no le pareció tan impresionante, pues contaba con más tiempo para analizar a los pacientes y tenía profesores asesorando continuamente.

Andrew Almazán hace énfasis en que es importante ayudar a los niños que aceleran su educación mediante un proceso de integración con sus compañeros, pero que tampoco se trata de estarle recordando todo el tiempo a alumnos y profesores que hay un niño en el curso. El objetivo es que estos niños se lleguen a ver como cualquier otro alumno y exigirle como a los demás estudiantes, comenta.

Maestría y doctorado en educación

Cuando terminó la carrera de psicología, Andrew Almazán hizo trámites para la maestría en educación en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM). Logró su ingreso mientras todavía cursaba la licenciatura en medicina, se encontraba realizando el internado en el Hospital General y estaba por hacer el servicio social.

Al terminar el posgrado, realizó una certificación profesional como experto en TDAH en niños y jóvenes, en la Escuela de Medicina de la Universidad de Harvard, a donde estuvo viajando por un año.

Después, decidió cursar el doctorado en innovación educativa en la Escuela de Graduados en Educación, en el ITESM, del cual se graduará este mes de noviembre.

Fundando una escuela para superdotados

Cuando Andrew entró a la universidad, a los 12 años, su caso de aceleración académica fue cubierto por los medios de comunicación. A partir de esto, varias familias contactaron a sus padres para saber qué podían hacer si sus niños tenían la misma condición que el joven médico.

Conforme pasó el tiempo y más personas se interesaban en el caso de los niños sobredotados, Andrew y sus padres decidieron que fundarían una escuela especializada en dar atención a niños sobredotados, con el objetivo de dar una opción a las familias que vivían con un niño con dicha condición.

Así, en 2010 se inaugura el Centro de Atención al Talento (Cedat), que empezó con 20 niños y hoy en día es la institución más grande de América Latina que se encarga de la detección y la atención de niños sobredotados.

“Todo empezó en la Ciudad de México. Como no existía mucha información del tema empezamos desde cero, trabajando con niños pequeños. Ahora tenemos la certificación como Centro Nacional de Sobredotados de México, por la World Council for Gifted and Talented Children”, detalla el joven psicólogo.

Comenta que llegar a este punto implicó la gran incertidumbre que conlleva empezar algo nuevo, algo que buscara romper ciertos paradigmas; no saber cómo es que la gente tomaría una institución para sobredotados; buscar metodologías educativas científicamente validadas y aplicarlas correctamente para brindar una ayuda real a los niños.

“Al inicio sí nos llegaron casos de gente y sus hijos con boletas de diez. Sabemos que las calificaciones no necesariamente reflejan inteligencia, hay muchos sobredotados a los que les va bien con las calificaciones, pero a la mayoría, en primaria y secundaria, les va mal. No porque no tengan la inteligencia, sino porque ya no quieren estudiar”.

Ahora el Cedat ya tiene una sede en Guadalajara, en donde llevan 50 casos diagnosticados. En la Ciudad de México han atendido a más de cinco mil familias y cada semana acuden más de 300 niños sobredotados a sus instalaciones.

La psicóloga más joven del mundo, egresada del Cedat

Al graduarse de la carrera de psicología a los 16 años, Andrew Almazán se convirtió en el psicólogo más joven del mundo. Pero, algunos años después, este título sería pasado a su hermana menor, Dafne Almazán.

Con ayuda del antecedente familiar, la pequeña fue diagnosticada a los cuatro años como sobredotada, pero desde los dos años mostró signos de empezar a leer y escribir sola.

Cuando Dafne comenzó a mostrar este talento, el Cedat aún no había sido creado, pero leyendo literatura científica internacional, su familia comprendió que si a un niño se le enseña a los dos años a leer y escribir, y puede hacerlo, hay que dejarlo.

“Todavía existía la presión social que decía ‘no, a los tres años el niño solo debe jugar’. Pero nosotros le empezamos a ayudar para que aprendiera temas de mi área, de medicina”, comenta su hermano Andrew.

Con la historia de vida de su hermano y con la creación del Cedat, hubo menos incertidumbre en el camino de Dafne. Ella empezó la primaria a los seis años y la acabó a los siete. Empezó la secundaria a los siete y la terminó a los ocho. Ya la preparatoria la hizo presencial, en dos años, en la UVM, mientras Andrew Almazán se encontraba estudiando psicología allí.

“A los 10 años, Dafne entró a estudiar psicología al Tec de Monterrey y se convirtió en la psicóloga más joven del mundo. El récord lo tenía yo a los 16, pero ella terminó a los 13. Y en este momento ya entró a la maestría en educación, incluso ya va más allá de la mitad. Su proyecto tiene que ver con la enseñanza de las matemáticas, ella se especializa en procesos de enseñanza aprendizaje, en cambio mi área es de desarrollo cognitivo”, explica Andrew Almazán.

Planes a futuro

Andrew Almazán planea dedicarse a la investigación de la sobredotación, pero también quiere que el Cedat crezca y que ofrezca una opción para estos niños en las ciudades más grandes de todo el país, pues como dice, un niño sobredotado puede nacer en cualquier lugar de la república.

Otra de sus ambiciones es trabajar para que en las leyes se reconozca la existencia de los sobredotados y la necesidad de atender sus necesidades educativas, para que con ello se establezcan sus derechos como minoría vulnerable.

Fuente: CONACYT.

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