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David Vázquez Salguero, ciencia y compromiso social

Originario de la ciudad de San Luis Potosí y el último de ocho hermanos, David Eduardo Vázquez Salguero es arqueólogo e historiador con una larga trayectoria académica que actualmente ha culminado en la actual presidencia desde 2017 de uno de los centros públicos del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) especializado en ciencias sociales: El Colegio de San Luis (Colsan).

Fascinado por la arqueología desde los doce años, en un momento en que San Luis Potosí era un estado que ya no tenía instituciones que enseñaran historia, letras o filosofía (las carreras en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí habían sido canceladas por conflictos políticos en la década de los 50 del siglo XX), David Vázquez Salguero se mostró entusiasmado por perseguir un sueño con el apoyo de su familia.

“Gracias a la biblioteca de mi padre, que ahí tenía una buena cantidad de libros sobre historia de México, sobre historia precolombina; y me llamaba mucho la atención los textos sobre arqueología. Y es así como tuve un primer interés. Sin embargo, las circunstancias de estudios (yo fui huérfano de padre a los once años) me fueron llevando a tener otros intereses en la adolescencia. Y recuerdo de manera muy viva cuando ya era momento de decidir qué estudiar, mi madre, que yo creo tenía muy buena visión de futuro, me insistía en ser ingeniero en cómputo o hidrólogo”, afirma en entrevista.

Pasión por la arqueología

Después de haber entrado a estudiar un par de ingenierías que en sus palabras fueron un “fracaso rotundo”, el llamado interno pudo más. Posterior a una plática seria con su familia, esta decidió apoyarlo para que hiciera un recorrido por el país para que conociera las principales instituciones donde se enseñaba arqueología en aquellos años, como la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), la Universidad de las Américas Puebla (UDLA) o la Universidad Veracruzana (UV).

“Ese itinerario sirvió además para ir recorriendo sitios arqueológicos, y eso me ayudó a convencerme mucho más. Ese viaje lo hice con uno de mis hermanos. Fue un viaje largo pero muy interesante. Finalmente, cuando escogimos entre la baraja de posibilidades dónde estudiar, no sé si a ti te haya tocado, pero en aquel momento era necesario tener un bachillerato orientado a las sociales y yo no contaba con él. Yo tenía uno orientado a lo físico-matemático. Entonces sí me costó un poquito de trabajo encontrar una institución que me aceptara con ese bachillerato y, finalmente, obtuve una beca en la Universidad Autónoma de Guadalajara (1994)”.

Los profesionales que fueron sus mentores en la ciencia arqueológica durante los comienzos de la década de 1990, tiempo en que iniciaron sus estudios, fueron en su mayoría extranjeros, algunos egresados de la ENAH, investigadores de El Colegio de Michoacán (Colmich). Aquellos provenientes de esta última institución se encontraban trabajando en un proyecto con el famoso arqueólogo Eduardo Williams o el igualmente épico Phil Weigand, con el cual David pudo participar.

Formado en clases impartidas por personajes como Otto Schöndube, del INAH, o Jean Pierre Emphoux y Jean Guffroy, miembros del Instituto Francés de Investigación Científica para el Desarrollo en Cooperación (actualmente Instituto de Investigación para el Desarrollo, IRD), el actual presidente de El Colegio de San Luis participó en la investigación arqueológica de la Cuenca de Sayula en el Occidente de México.

“De tal manera que estudié una arqueología del Occidente de México, más que mesoamericana. Y formado más por extranjeros que por mexicanos. No digo que esto sea algo que demerite la arqueología mexicana. Para nada. Sino que la formación que tuve fue muy interdisciplinaria y con enfoques teóricos y metodológicos variados en ese sentido, porque sí había arqueólogos mexicanos, pero otros tantos que se habían formado en Las Américas, y bueno, en ese momento recuerdo que estaban implementando mucha tecnología; ellos ya estaban haciendo análisis de fotografía satelital, utilizando radares, geoposicionamientos, microscopía de alta tecnología, etcétera”.

Desde el segundo semestre de la carrera, comenzó a colaborar en ese proyecto en el cual estuvo por cinco años estudiando materiales arqueológicos y participando en trabajos de campo y laboratorio, donde aprendió a usar los sistemas de información geográfica (SIG), adquiriendo conocimientos en un proceso de aprendizaje que para David Vázquez fue intelectualmente enriquecedor.

“Finalmente me gradué (1997). Seguí trabajando con ellos. Gracias a ese proyecto tuve mis dos primeras publicaciones. Una fue en un concurso de un periódico local, y hablé de arqueología y cerámica. Ya después, y como resultado del proyecto, participamos gracias a que nos incluyeron a otros alumnos y a mí, en una mesa de un coloquio occidentalista, y ahí es donde empecé a acercarme al tema de la sal. Porque la principal característica de sostén económico de la laguna de Sayula fue la obtención de sal que las sociedades prehispánicas mercadeaban con mesoamericanos”.

Un curioso producto de esta actividad en el mundo prehispánico era la fabricación de un pan de sal, obtenido mediante la concentración de agua en vasijas de barro, que luego era calentada para formar un bloque de sal por evaporación. Después, por temas personales, David Vázquez Salguero regresó a San Luis Potosí, donde diez días después de haberse presentado en el centro regional del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), fue incorporado temporalmente a dos proyectos que las arqueólogas Claudia Walz Caviezel y Mónika Gudrun Tesch dirigían.

Durante ese breve periodo, donde participó en el rescate de un sitio arqueológico no abierto al público conocido como El Ciruelar, se inscribió en un diplomado sobre historia regional que se impartía por la primera plantilla de investigadores del recién fundado Colsan, donde su aprendizaje sobre filosofía e historiografía lo convencieron de estudiar la maestría en historia que ofertaba el instituto, de 1997 a 1999.

La canalización por la historia

“Originalmente, todavía con ese bagaje arqueológico, propuse un estudio sobre la indumentaria huasteca representada en figurillas prehispánicas. Sin embargo, poco a poco lo que fui aprendiendo me llevó a desechar la idea y propuse algo de corte más histórico-antropológico, que era las tendencias matrimoniales en San Luis Potosí durante el porfiriato, y analicé los libros de registros de matrimonios, lo que está en el arzobispado y en el registro civil, y también los perfiles socioeconómicos en la ciudad y en los siete barrios. Entonces la idea era ver cómo se estaba casando la gente, a qué edades, sus perfiles socioeconómicos”.

Durante su investigación histórica descubrió que las personas arraigadas a los barrios históricos de San Luis Potosí procuraban ser más endogámicas (matrimonios contraídos con personas dentro de la misma comunidad local o barrial), aunque también había personas que contraían alianzas matrimoniales con personas de otros barrios.

Curiosamente era difícil encontrar casos de mujeres de ciudad que contraían alianza con hombres provenientes de los barrios, porque el promedio de su análisis descubrió que la tendencia era que las mujeres provenientes de los barrios eran las que se casaban con hombres de la ciudad, en el periodo comprendido entre los años 1876 y 1914, en una lógica de ascenso en la escala social.

“Entonces eché mano de la historia cultural para interpretar los arquetipos de comportamiento, porque los arquetipos de la sociedad se van definiendo y permearon esas clasificaciones sociales en la literatura. Analicé un poco de poesía, de cuento, de narrativa, para poder categorizar los perfiles socioeconómicos con un comportamiento también social, y tratar de explicar esa parte”.

Al concluir la maestría, consiguió empleo como asistente de la presidencia del centro público, donde apoyó labores administrativas y académicas a la par que no dejaba de especializarse. Posterior a esto ganó una plaza de asistente de investigación, y junto con la doctora Adriana Corral Bustos, también egresada de la maestría en historia, plantearon un proyecto al Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca) sobre el cementerio municipal El Saucito.

“Es un estudio iconográfico donde, remitiéndonos a la historia cultural, el documento escrito deja de ser la principal fuente de información, y son los monumentos y los objetos las principales fuentes de información. Claro que recurrimos a archivos, hemerotecas y demás, pero la principal fuente de investigación eran los monumentos en sí mismos. Entonces ahí hicimos una clasificación iconográfica. Analizamos todos los símbolos, las alegorías, hicimos un inventario de las tumbas, un recuento de personajes y de sus perfiles socioprofesionales, analizamos los epitafios, el proceso de construcción, el diseño de las tumbas, la cesión de terrenos”.

Fue un proyecto que le permitió una flexibilidad teórica y metodológica en lo personal, y que además culminó en la publicación del libro Monumentos funerarios del cementerio del Saucito: San Luis Potosí 1889-1916, con el cual ganaron el premio estatal Francisco Peña por mejor investigación histórica, además de la presea Francisco Javier Clavijero en Historia en 2004, que otorga anualmente el INAH.

“Ese proyecto nos permitió, cuando se abrió una plaza de investigación, concursarla e incorporarnos a El Colegio de San Luis como investigadores. Y es un proyecto que realmente no hemos dejado. Ahora ya digitalizamos todos los libros de registros de inhumaciones para tratar de orientar la investigación a otros aspectos. Estamos tratando de hacer un inventario de tumbas contemporáneas, y tratar de explicar cómo se han ido transformando las costumbres rituales funerarias en el cementerio de El Saucito, que es el último cementerio patrimonial que queda en pie en la ciudad”.

Y ya en el colegio, con la necesidad de hacer un doctorado, sus intereses estaban orientándose hacia la arqueología industrial con perspectiva de interpretación histórica, por lo que estaba considerando realizar el posgrado en Francia o Inglaterra. Pero aunque fue aceptado en algunas instituciones, no logró obtener una beca Conacyt porque las ciencias sociales y las humanidades no eran una prioridad en la agenda política de ciencia del país, dando primacía a las especialidades tecnológicas y de ciencias naturales.

“Postulé dos veces, y siempre me decían ‘qué interesante proyecto, pero pues no’ —ríe—, por lo que entonces postulé al Colmich y a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Finalmente decidí quedarme en la UNAM en un doctorado en historia en la Facultad de Filosofía y Letras y el Instituto de Investigaciones Históricas (IIH). Y pues finalmente la UNAM, parafraseando a una compañera de aquí del colegio, sigue siendo la meca de la educación en México. Y sí, fíjate que sí; la UNAM me abrió muchas puertas intelectualmente hablando”, afirma en entrevista.

Consolidación académica y actualidad

Su proyecto doctoral (2006-2010) consistió en estudiar el territorio salinero a través del trabajo extensivo en el altiplano potosino y al noreste de Zacatecas, así como en Guanajuato, estudiando los vestigios de las exhaciendas de beneficio, así como las redes de distribución de la sal para la obtención de la plata en la época colonial e independiente de México. Recorriendo más de veinte lagunas salineras y realizando intensas búsquedas de documentos, por sola coincidencia dio con el Archivo Histórico de Salinas, adquirido por el gobierno estatal, que había permanecido inaccesible y casi secreto para acceso público por décadas.

“A la par de mi investigación, propuse un proyecto para la organización de ese archivo con el apoyo de la organización Adabi México (Apoyo al Desarrollo de Archivos y Bibliotecas de México, A.C.), y ellos nos ayudaron a financiar la organización, y ahí empezó mi interés por los archivos históricos. De ahí surgió una guía y seguimos trabajando con ese archivo; ya llevamos una buena parte de esos documentos digitalizados, y de ahí salió mi tesis de doctorado”.

Dicho trabajo fue publicado por El Colegio de San Luis en 2014, bajo el título Intereses públicos y privados en la configuración del territorio y la propiedad. Las Salinas del Peñón Blanco, 1778-1846, en el cual analizó los cambios territoriales de reino a intendencias, a estados y a departamentos, así como la naturaleza de la propiedad que pasó de la Corona a la Real Hacienda para terminar en manos particulares. Todo esto en el marco del desarrollo de nuevos métodos tecnológicos para la obtención, procesamiento y distribución de sal para abastecer la histórica industria minera regional colonial.

Actualmente, David Vázquez trabaja en la construcción de un concepto teórico-metodológico para la identificación de la presencia del tiempo en la cartografía. Ya que la cartografía funciona como una especie de instantánea de ciertos rasgos de la naturaleza y la cultura. ¿Pero cómo se inserta eso en una linealidad temporal, y cómo esa linealidad temporal se representa en un mapa? En ese asunto se encuentra actualmente trabajando.

Entre los años 2009 y 2012, fue invitado a colaborar en la LIX Legislatura del Congreso del Estado de San Luis Potosí como coordinador del Instituto de Investigaciones Legislativas (IIL), lo cual implicó un reto profesional. Aportando una perspectiva académica sobre los métodos de investigación y estableciendo un diálogo entre la academia y la política, su trabajo se enfocó en contribuir a fracturar una barrera entre ciencia y política, desarrollando conceptos teóricos para los estudios de impacto legislativo.

“Generalmente en los congresos se evalúa a los diputados en función de cuántas veces suben a la tribuna, cuántas iniciativas presentan y cuántas de esas iniciativas fueron aprobadas, cuánto dinero se gastan, etcétera. Entonces mi idea era desarrollar un método que no priorizara ese tipo de observaciones, sino la calidad de las iniciativas basadas en insumos de conocimiento, y que esas iniciativas tuvieran indicadores para evaluarlas una vez implementadas”.

Durante su participación incluso se creó la Ley de Archivos del Estado que, como herramienta fundamental para la obtención de información en virtud de la noción de transparencia pública, puede evaluar su impacto mediante criterios que la ley permite. Al terminar este periodo, se convirtió en vicepresidente y miembro honorario de la Asociación Mexicana de Institutos y Organismos de Estudios e Investigaciones Legislativos (Amexiil), así como en director de la Revista de El Colegio de San Luis desde 2013, colocándola en los índices nacionales de Conacyt, y presidente del consejo editorial del centro de investigación.

“Después vino el momento de renovar la presidencia del colegio y fui postulado (febrero de 2017). Y ahora ocupo este lugar donde tengo retos diferentes, mucho más grandes y de mayor impacto con la comunidad académica del colegio en su totalidad. Me interesa mucho posicionar la institución a nivel nacional e internacional, e incorporar la voz del colegio en la formación de una agenda científica nacional, donde nuestras investigaciones tengan una utilidad social, me interesa mucho que figure también a nivel internacional sobre todo en el bloque iberoamericano, que es donde tenemos muchos problemas como país en común”.

Para el presidente, las jóvenes generaciones de científicos serán actores fundamentales en la construcción de soluciones y diálogos que privilegiarán la paz sobre la violencia y la equidad en el pensamiento científico. “Cosa que también se logrará si se les permite como jóvenes en formación seguir los impulsos y sueños de nuestro corazón, siempre abiertos a los cambios, para así mejorar y evolucionar ante las transformaciones del futuro que vendrá, mantener siempre un espíritu de servicio”.

Fuente: CONACYT.

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